No pregunto quién eres, no me importa.
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Estuve garabateando un papel sin estrenar antes que el cansancio me venciera sin encontrar el ánimo preciso para escribirte.
Mi tío, tu esposo, me insinuó que lo hiciera. Y quedé sin palabras ante aquellos ojos que traducían una mocedad olvidada pero presente en esa chispa apenas perceptible que dispensaban.
Seguí su prudente sugerencia.
Su presencia triste me llegaba de soslayo, y no supe qué hacer con ella más que arañar con calma algunos minutos más para quedarme a su lado. Así podría compartir la añoranza de palabras que sin pronunciarse tenían un eco audible solamente por mis ingenuos doce años.
Rescaté mis recuerdos y los envolví en pretextos incoherentes para correr a tu lado una vez más. Esa era mi humilde y única rogativa.
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